Por falta de abecedarios

Necesito hacerte saber que dependo de menos de treinta letras para expresar el agujero negro que crece en el centro de mi cuerpo.

Para poder decirte todo lo que significa para mi, pediría ayuda a las veces que me he caído por torpe, las ocasiones que la lluvia me ha mojado por no llevar un paraguas, las pesadillas que he tenido por algo que me ha atormentado desde que os conozco o por cenar demasiado, los incontables momentos que me he odiado frente a un espejo o la impotencia que he sentido ante un objetivo frustrado. Necesitaría más de un abecedario para acercarte a los confines de mi universo, sin riego a que caigas en ese agujero conmigo. Tendría que buscar en mi memoria todas las decepciones que me has provocado, las ganas de desaparecer que tengo cuando sufro de tener demasiado tiempo para pensar. Simplemente, recurriría a todo el tiempo que he malgastado al querer ser una buena persona o al luchar contra la fiera que despertó hace un tiempo. Me gustaría que fueses capaz de ver más allá de toda esta inservible palabrería y comprendieses lo asustada, sola y terminal que me siento.

Dedicado a mis círculos de gente importante.

jueves, 15 de septiembre de 2011

Young

   ¿Lo oyes?
  Las ninfas vuelven a cantar detrás de mi ventana. ¿Ves sus rostros? Jamás había visto nada más hermoso que aquella tez blanquecina, tan luminosa que sospecho que estas amigas mías sean hijas de la luna. ¿Y qué me dices de sus ojos? El color aceituna de su iris resulta de lo más inquietante mientras sus largas cabelleras azabaches chocan en contrastes con el resto de su pura imagen.
  ¡Qué sonido tan hermoso! Lo hacen sin esfuerzo, como cientos de liras y dulzainas, bailan extasiadas, colocadas por el frescor de la última noche de otoño en esta ciudad. Que feliz me hacen estas traviesas criaturas que rara vez me visitan, ¿puedes sentir la paz? Es como si fuesen capaces de amainar la furia del día a día de apagar el sistema simpatico y activasen el parasimpatico.
  Lunes.
Los matutinos rayos del sol consiguen colarse por el hueco de las gruesas cortinas, ya no sé qué hacer para evitar que entren tan temprano en mis sueños, ¡con lo a gusto que se está entre las sábanas y la amplitud de este colchón! Pero, sino fuese por esos rayos, sería imposible arrastrarme fuera de mi lecho.
 La casa se despierta a mi compás, Alicia y Rodrigo se ríen en la habitación contigua, que bonito es ser inocente e ingenuo, ¡todo ese dolor que se ahorran! Espabila, Eleanor, hoy es el primer día de tu último error, lo prometiste. A la de tres me pongo en pie, lo prometo… 1, 2 yyyyyyyyy tres, ¡YA!
- ¡Buenos días, mamá! – cantan a coro los pequeños, Alicia, con la sonrisa espléndida de Alaster se abalanza sobre mi regazo, rodeándome con sus pequeños brazos. Por el contrario, Ro se queda en el marco de la puerta dudando entre unirse a su hermana o salir corriendo mientras pueda.
  Con un gesto de mi mano le hago pasar. Obediente  se acerca a la mesita de noche inclinándose para darme un breve beso en la mejilla. Sonreímos. Ro, como le llamo desde pequeño, es un chico que no siente aprecio por nadie, alguien al que le cuesta estar cómodo cuando se requiere algo de atención, en conclusión, mi hijo es un adolescente de lo más insólito. Mientras otros viven por el mundo, el vive por su hermana y nadie más. Después de la muerte de Alaster, fue quien se ocupó de Alicia y de mi cuando apenas podía levantar cabeza. Mi Ro es fuerte con el resto aunque esté destrozado por dentro y no es posible expresar con palabras lo orgullosa que me siento de él.
- ¿Cómo han amanecido mis dos criaturas favoritas?
- Mami, anoche Lulú salió al patio como siempre pero esta mañana no estaba en mi cama – Ah, sí… ¡Lulú! Ese Golden de anuncio que Alaster trajo un día después de trabajar a pesar de las advertencias que le impuse. ¡Un perro en mi salón! ¿Hasta dónde vamos a llegar? Ahora él no está para sacarle de paseo, soy yo quien atiende a ese can.
- Tranquila, Ali, Lulú es lista, sabe lo que hace – con una palmada en la espalda, la incito a salir de ese hueco que consiguió encontrar entre mi torso y mi brazo derecho.
  Ambos desaparecen detrás de la puerta blanca de mi dormitorio dejándome otra vez sola conmigo misma, que tediosa puede llegar a ser la soledad si no te convences para aceptarla. Es cuando me asaltan los recuerdos del hombre al que amo, la persona que, cuando murió en aquel avión de viaje de negocios, se llevó consigo mi aliento y mi alegría. Condenándome a la lucha diaria de una familia que no consigue avanzar y de una mujer que llora cada segundo de vida que no pudo pasar a su lado.
  Si pudiera ver al Diablo, le vendería mi alma con tal de que vivieses, Alaster.

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